IN MEMORIAM
Por Francisco Manuel Ortega
Cuando se nos van esos íconos de nuestro querido Salcedo, esas personas de aquellos años, no solo parte una figura… también se nos desprende un pedazo de nuestra propia historia.
Se nos van canciones, películas, voces, costumbres y recuerdos que marcaron generaciones enteras.
Detrás de cada uno de esos personajes inolvidables vive también la memoria de una época: los domingos en familia, Cine Ritz y sus matinées, Radio Útil encendida desde temprano, las misas de madrugada, la fritura de Petra, las fiestas sencillas, los cumpleaños caseros, los bautizos de muñecas, los primeros amores y hasta la inocencia de un país que parecía caminar más despacio.
Era un tiempo donde la gente se conocía por el nombre, donde el consejo de un mayor tenía peso de ley y donde el respeto no se imponía… se aprendía en la casa y en la calle.
Entre relojes detenidos, herramientas gastadas y aquel pequeño taller —primero en la Casa Manzur de don Pedrito y doña Margarita—, en su mesita llena de historias, vivía un hombre de humor único e irrepetible; de esos que convertían cualquier conversación en una sonrisa y cualquier visita en un recuerdo eterno.
Y curiosamente, muy pocos conocían su verdadero nombre.
Para todos nosotros era simplemente:
“Kin el relojero”.
Y eso ocurre solamente con los personajes que trascienden lo común, con esas figuras populares que dejan de pertenecer únicamente a una familia para convertirse en parte de la memoria colectiva de un pueblo entero.
Él no necesitaba apellidos ni presentaciones.
Su pequeño taller, su humor inconfundible, sus ocurrencias y aquella manera tan auténtica de tratar a la gente, lo habían convertido en un símbolo cotidiano de aquellos tiempos.
Era de esos hombres que parecían detener el reloj para conversar, para bromear, para hacer sentir bien a cualquiera que llegara por allí.
Y entre relojes, anécdotas y sonrisas, terminó arreglando algo mucho más importante que el tiempo:
los recuerdos de toda una generación.
Hoy quizás muchos descubran su verdadero nombre…
pero en el corazón del pueblo siempre seguirá siendo simplemente Kin el relojero; más que un relojero, parte del paisaje humano de nuestro pueblo, un rostro familiar que parecía inmortal, uno de esos personajes que uno juraba que siempre estarían ahí, sentado en su silla, arreglando el tiempo… mientras hacía olvidar las penas con una ocurrencia inesperada.
Entonces es cuando entendemos que la nostalgia no duele por el pasado…
duele porque el tiempo pasó demasiado rápido.
Cuando despedimos terrenalmente a personas como él, quedan su legado, sus tradiciones familiares, sus hijos —que también son nuestros amigos—, sus frases célebres y el eco eterno de lo que representaron.
Porque cuando uno de aquellos rostros del pueblo se nos va, sentimos que también se nos desprende una parte de nuestra niñez, de nuestras costumbres y de aquella generación que enseñó, con humildad y ejemplo, el verdadero valor de la convivencia humana.
Y por eso duele tanto.
Porque con él también se nos van los años más sencillos, la esencia de aquel pueblo de antes y la calidez de una generación que sabía vivir entre la humildad, el humor y el respeto.
Los relojes en mi pueblito querido seguirán marcando la hora…
pero habrá silencios que ya nadie podrá reparar.
Mis condolencias a sus hijos, nuestros amigos, y a toda su familia.

Luis Rodríguez Fotografía, El poeta del lente.
Cada momento, cada espacio, cada imagen es una razón para no olvidar



